MÉXICO: Masacres no ahuyentan a inmigrantes decididos

  /THE ASSOCIATED PRESS
Un policía federal cuida la zona donde docenas de cuerpos, algunos de ellos mutilados, fueron encontrados en una carretera que comunica con la frontera de Estados Unidos, cerca de la ciudad industrial de Monterrey, México, el domingo 13 de mayo del 2012.

Monterrey — Elder Lara Villeda ha oído las grotescas historias que lo separan de lo que él llama la tierra prometida: extorsiones, secuestros, reclutamiento forzado como sicario y muerte por decapitación.

Pero él sigue decidido, sin inmutarse, en su búsqueda de una vida mejor.

“Si usted cree que México está mal”, dijo Lara, “Honduras y el resto de América Central están peor”.

La más reciente masacre — 49 decapitados y desmembrados — en una transitada carretera a 75 millas al sur de la frontera con Texas, seguramente servirá de poco para disuadir a estos hombres y mujeres, dicen los expertos, ni al número cada vez mayor de jóvenes no acompañados.

Los cuerpos hallados el domingo cerca de Monterrey estaban tan desfigurados –sin heridas de bala — que las autoridades admiten que les será muy difícil identificarlos o determinar si eran miembros de los cárteles o inmigrantes, la mayoría centroamericanos, que se dirigían a Estados Unidos. Ente los torsos hay seis que corresponden a mujeres. Por ahora el gobierno culpa a una alianza entre los cárteles del Golfo y Sinaloa para enfrentar a Los Zetas por los más recientes episodios de masacres en el país.

Alejandro Poiré, secretario de Gobernación, afirmó que el episodio de los torsos mutilados, así como una masacre de 23 personas en Nuevo Laredo y 18 en Jalisco, ambas en mayo, así como 35 en Veracruz meses atrás, están relacionadas a ese enfrentamiento.

Huyen de brutalidad

A diario, hombres y mujeres desesperados, provenientes de Centroamérica y de más allá, se aglutinan en la Casa del Forastero Santa Martha, también conocida como Casa del Migrante, aquí en Monterrey, un albergue de la Iglesia Católica que tiene por fin brindar comida y techo temporal a los migrantes. Los “huéspedes” sólo tienen permitido quedarse tres días, sin excepción. Huyen de una patria que, afirman, está asolada por similar salvajismo y brutalidad.

Sus relatos dan una idea de un quebranto y desesperación que suena extrañamente parecido, sino peor, a lo que ocurre en México.

En los últimos dos días, desde el descubrimiento de la última masacre, los centroamericanos han estado pegados a un televisor en el albergue, viendo cómo se desenvuelve la tragedia y la investigación, dijo Antonia “Toñita” García González, una de las personas que dirigen el albergue.

“Son muy tranquilos, pero ninguno se echa para atrás”, dijo García. “Siguen igual de ansiosos por irse, aun sabiendo que pueden morir en el trayecto, una muerte horrible. Tienen la mirada puesta en Estados Unidos; están como obsesionados con esa idea”.

Muchos de los entrevistados en el albergue dijeron que la brutalidad ya casi no los espanta. Es parte de su vida diaria en Centroamérica, región donde está causando alarma el aumento de los homicidios perpetrados por los narcotraficantes, particularmente los cárteles mexicanos en Honduras, El Salvador y Guatemala, un área conocida como el “Triángiulo del Norte”.

Con más de 82 homicidios por cada 100,000 habitantes, Honduras tuvo la tasa de homicidios más alta del mundo en el 2010; junto con El Salvador, con 66 homicidios por cada 100,000, más de tres veces la tasa de México, que tuvo menos de 20 por cada 100,000 habitantes.

“Ellos han vivido en el infierno”, dijo el padre Jesús Garza Guerra, director el albergue, el cual se mantiene con donativos. “En su viaje no cargan más que esperanza y fe en Dios”.

Cada año unos 400,000 migrantes indocumentados de Centroamérica arriesgan su vida al cruzar México en su intento de llegar a Estados Unidos, según estimaciones de expertos y organizaciones no gubernamentales. Su viaje nunca ha sido más peligroso.

Acechados por narcos

A medida que los cárteles de la droga se han diversificado hasta abarcar la extorsión, el lavado de dinero y el tráfico humano, los grupos criminales han puesto en la mira a los vulnerables centro y sudamericanos que transitan por México.

El año pasado las autoridades descubrieron los cuerpos de 193 personas que se cree eran migrantes en una fosa clandestina en San Fernando, Tamaulipas. En el 2010, 72 migrantes masacrados fueron hallados en la misma área. Se cree que los Zetas, uno de los grupos criminales más despiadados de México, fueron los responsables de ambas masacres, así como de la más reciente, pues se encontró junto a los cuerpos un mensaje donde los Zetas se atribuyeron el ataque.

El camino es tan peligroso que algunos migrantes prefieren regresar, entregándose a las autoridades mexicanas para obtener el pasaje de vuelta a su país, donde el futuro no es más que incierto. Ever Alexander Pérez Rodríguez, que no parece tener los19 años de edad que dice, dijo que “al menos uno muere en su país”.

Tan solo la semana pasada soldados mexicanos rescataron a más de 100 centroamericanos que estaban cautivos en tres casas en la frontera cerca de Texas.

El pasado miércoles, algunos de alrededor de 60 migrantes que estaban retenidos por los Zetas pudieron escapar cuando los guardias se quedaron dormidos. Pasaron por Casa del Migrante, donde contaron su caso con la esperanza de que algunos se les unieran; pero después de escucharlos, na-die cambió de planes.

Osmin Sánchez, de 24 años, y Aarón Álvaro, de 20, oriundos de Puerto Cortéz, Honduras, iban a Austin o a Houston, “donde haya trabajo”.

Esa tarde Álvaro recibió una llama-da de familiares que le tenían malas noticias: nadie de la familia podía ayudarlo con los $2,000 que necesitaba para pagar los coyotes. Querían que volviera a Honduras por su propia seguridad. Su primo, Sánchez, lo abrazó y se comprometió a continuar su cami-no al norte.

“Pase lo que pase, estoy en manos de Dios. Me voy en paz”.

Lara no estará en paz. Hace un año viajó con su esposa a su natal Honduras para que le arreglara los papeles necesarios para legalizarse, relató. Estando ahí, una banda de criminales la secuestró, la violaron entre todos por varios días y la mataron de un balazo en la cabeza. Lleva una foto de ella con él, junto con su licencia de manejar con domicilio en Irving, recuerdos de una vida terminada, dijo.

“Perdí mi vida”, dijo. “Si los Zetas me matan en mi camino, habrán matado a un hombre muerto”.