INMIGRACIÓN: Plan de Obama llega tarde para jóvenes deportados de EEUU

  /THE ASSOCIATED PRESS
En esta foto tomada el 15 de junio de 2012, Yannick Grijalba, de 18 años, originario de Guatemala, en Ciudad Guatemala. Grijalba fue deportado de Estados Unidos el miércoles 13 de junio.
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TEGUCIGALPA — Marlon Roberto Cortés acomodaba mercancía en los anaqueles de un supermercado en un suburbio de Boston cuando le dijeron que se presentara en la trastienda.

Un agente de inmigración solicitó al hondureño su credencial de identidad, no la tenía, y después le indicó que había una orden de deportación en su contra.

Cortés, de 20 años, fue esposado y trasladado a un centro de detención, de donde se le regresó a su país sin que pudiera siquiera despedirse de su familia.

El hondureño se perdió por apenas tres meses la medida adoptada por el presidente Barack Obama que les permite permanecer en el país a cientos de miles de inmigrantes que carecen de permiso para estar en el país, si son menores de 30 años, graduados de la secundaria y no tienen antecedentes penales. El presidente ha dicho que hasta 800.000 jóvenes inmigrantes podrían beneficiarse con dicha medida.

Provenientes de diversos países, desde Guatemala hasta Argentina, jóvenes que habían soñado con convertirse ciudadanos estadounidenses y fueron deportados recientemente reaccionaron al anuncio del viernes con frustración y tristeza, pero también con la tranquilidad de que sus hermanos en Estados Unidos pueden ahora quedarse sin temor a ser deportados.

“Soy una persona estudiada y quisiera esperanzarme algo mejor”, dijo Cortés. “Estoy muy triste”.

“El país en el que hubiera tenido la oportunidad de avanzar es Estados Unidos”, agregó. “Hice todo lo que tenía que hacer para ello y no entiendo por qué no me lo permiten ... Me siento más estadounidense que hondureño”.

Yannick Grijalba, guatemalteco de 18 años que habla un inglés fluido y fue deportado el miércoles luego de vivir 11 años en el norte de California, estaba igualmente frustrado.

“Cuando veía las noticias y me enteré (de la disposición), no podía creerlo”, dijo. “Apagué la tele”.

No se sabe con certeza cuántos inmigrantes deportados perdieron por poco esta oportunidad como Cortés, ya que no hay estadísticas que los clasifique por edad o educación. Estados Unidos deportó a 396.906 personas del 1 de octubre de 2010 al 30 de septiembre de 2011. Pero uno puede encontrar a los jóvenes recién deportados en las calles latinoamericanas, donde en ocasiones los delata su mal español y tienen problemas para adaptarse.

Para Cortés fue como si le hubieran aventado un salvavidas demasiado tarde y dice que su futuro se ve lóbrego.

En su primer día de vuelta en la casa de sus abuelos en Tegucigalpa, el joven con aparatos de ortodoncia y gel en el cabello, tuvo que levantarse antes de las cinco de la mañana para irse con ellos a vender baleadas, tortillas de trigo rellenas con frijoles, y otros alimentos, afuera de un hospital.

Cortés dijo que individuos lo han detenido un par de ocasiones en calles de Honduras, un país con problemas de pandillas callejeras y el que tiene la tasa más alta de homicidios en el mundo, según Naciones Unidas. “Ni siquiera conozco las palabras, las reglas o las señales que hacen”, dijo. “Tengo miedo de estar solo en las calles. Y si alguien dice que soy un gringo es muy peligroso porque pensarán que tengo dinero y me asaltarán”.

Cortés señaló que se graduó de una secundaria en Chelsea, Massachusetts, y cumpliría con todos los criterios de la nueva política estadounidense, la cual indica que el inmigrante debió ser llevado a Estados Unidos antes de cumplir 16 años, no ser mayor de 30 años y haber estado en el país al menos cinco años consecutivos.

De vuelta en Honduras, Cortés llama al celular de su madre cada semana más o menos para hablar con ella y con su hermana menor en Estados Unidos, e intenta mantenerse en contacto con ellas y otros mediante Facebook.

“Me mantengo en contacto con todos mis amigos de la secundaria en Facebook”, dijo Cortés. “Nos extrañamos mucho. No sé si nos vamos a volver a ver”.

En el caso de Grijalba, su familia viajó en avión con visas de turista de Guatemala a la ciudad de Nueva York en 2000.

La familia se trasladó posteriormente a Fairfield, California, donde Grijalba, el mayor de sus hermanos, se convirtió en estudiante ejemplar y se integró al equipo de lucha de una secundaria local.

A la mitad del penúltimo año de la escuela, Grijalba tuvo una riña con otro alumno de la escuela por una chica. El pleito resultó en un cargo de agresión ante un tribunal para menores.

Maibe Casalins, una abogada de inmigración con sede en Miami, dijo que alguien como Grijalba aún podría cumplir los requisitos del cambio de política ya que los registros juveniles no son considerados una condena criminal bajo las leyes de inmigración. Las cortes de inmigración estadounidenses dan amplio margen a los fiscales y agentes para determinar si un individuo tiene el derecho de quedarse.

Grijalba continuó estudiando en el centro de detención juvenil y esperaba graduarse para asistir después a un colegio universitario municipal y conseguir un título de mecánico. Como algunos de los otros jóvenes latinoamericanos deportados, Grijalba cree que la oportunidad de una buena educación está entre las cosas más importantes que ha perdido.

“Habría conseguido un trabajo, ahorrado e ido a una universidad para estudiar arquitectura”, dijo.

En cambio, los agentes de inmigración lo deportaron semanas antes de que terminara su curso.

Desempleado y sin dinero, Grijalba está de nuevo en la Ciudad de Guatemala, un lugar que apenas reconoce. Vive con su tía, dos tíos y un primo en una casa en el centro de la capital.

“Todo es de verdad diferente aquí”, dijo. “Mi tío me llevó a la ciudad y todo parece venido a menos, con grietas en todas las paredes y los perros están tan flacos”.

“También hay guardias con escopetas por todos lados”, agregó. “Ayer, tuve que ir a conseguir documentos guatemaltecos, incluso había personas con escopetas ahí. Uno no ve eso cuando va al DMV en California”, dijo Grijalba en referencia al Departamento de Vehículos a Motor.

Grijalba estaba notablemente incómodo en lo que ahora es para él un país extranjero desde el momento que se bajó del avión en una base de la Fuerza Aérea guatemalteca. Mientras los otros deportados se atrabancaban al salir de la aeronave, Grijalba salió lentamente como un joven de secundaria con pantalones anchos y sus zapatillas Air Jordan, mientras que música de marimba pregrabada salía de los altavoces del aeropuerto.

Funcionarios de la Cancillería le dieron a él y a los otros deportados su primera comida de regreso en casa: un bollo de pan y frijoles negros refritos, junto con una caja de jugo y un discurso sobre cómo serán siempre bienvenidos en su natal Guatemala.

Grijalba dijo que no buscará graduarse en la universidad en su país natal porque necesita trabajar. Su mejor apuesta, dijo, es solicitar empleo en un centro de atención telefónica gracias a que el inglés es su idioma principal.

En Argentina, Nahuel Tedesco, de 22 años, desea que la decisión de Obama hubiera llegado hace dos años, cuando estaba estudiando en Florida.

Cuando se incrementó la oleada de crímenes violentos en Argentina tras la suspensión de pagos de deuda y la devaluación a finales de 2001 y principios de 2002, la familia de Tedesco decidió que era hora de irse del país.

La familia se instaló en Miami, donde el padre y hermano de Tedesco trabajaban en la construcción y restaurantes, mientras que su madre ganaba dinero como niñera. Nahuel, de 12 años, iba a la escuela.

“Fue una gran época. Fueron los mejores años de mi vida”, afirma Tedesco.

Los otros integrantes de su familia fueron deportados en 2009, señaló, después de que recibieran una carta en la que se ordenaba su comparecencia ante un tribunal de inmigración.

Como estaba inscrito en la Universidad Miami Dade, Tedesco decidió quedarse para continuar con sus clases mientras su familia partía hacia su natal Argentina.

Sin embargo, meses después, Tedesco recibió la misma carta. Apenas logró ampliar su permanencia un par de semanas para lograr el título en ingeniería en programas de computadoras. Se marchó de Estados Unidos en mayo de 2010.

“Me hubiera gustado que las cosas hubieran salido de otra manera, que los beneficios hubieran sido implementados antes”, dijo.

De vuelta en Buenos Aires, Tedesco dijo que le era difícil adaptarse en un lugar en el que no vivía desde los 12 años. Lo contrataron en un centro de atención telefónica del que fue despedido porque cerraron el lugar.

“Tardé varios meses en darme cuenta de lo que estaba sucediendo”, señaló.

Al igual que Tedesco y otros inmigrantes que pasaron buena parte de su niñez en Estados Unidos y que fueron deportados recientemente, Stephany Ramírez, de 22 años, también buscó trabajo en un centro de atención telefónica debido a su dominio del idioma inglés.

Aunque había vivido en San Diego desde que iba en el sexto grado, Ramírez decidió voluntariamente volver a México el año pasado y establecerse en Tijuana para ganar algo de dinero. Dijo que estaba cansada de vivir con miedo a la deportación y no cumplía con los requisitos para recibir ayuda económica para pagar su matrícula en una universidad estadounidense.

Sin embargo, esperaba volver a San Diego después para reunirse con su familia y seguir su educación. “Es demasiado difícil estar aquí sola”, afirmó.

De haberse quedado del lado norte de la frontera, Ramírez habría podido beneficiarse del cambio de política, pero dado que no estaba en Estados Unidos cuando Obama hizo el anuncio el viernes, no es elegible.

“Hubiera sido mucho más fácil seguir con mis estudios allá con toda mi familia”, dijo la joven.

Aunque decepcionada, Ramírez se sentía contenta de que su hermana menor, Montserrat, de 18 años, se quedó en San Diego y podría beneficiarse de la nueva política.

“Sí, me causa alegría que ya haya un poco de esperanza para ella”, señaló.

En Honduras, Cortés dijo que estaba confundido luego de escuchar las noticias de la semana pasada sobre el cambio de política estadounidense. Al principio pensó que podría volver y solicitar los permisos, pero entonces le dijeron que no era su caso.

Su tristeza se atenuó, sin embargo, con el alivio de que su hermana menor y otros podrían beneficiarse de la nueva política.

“Miles de personas dejarán de pasar la terrible experiencia que yo pasé”, dijo el hondureño. “Me hubiera salvado”.