Un nuevo PRI

  /THE ASSOCIATED PRESS
Enrique Peña Nieto, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) saluda a partidarios después de emitir su voto en Atlacomulco, México, Domingo, 01 de julio 2012.

El PRI vuelve al poder a México después de doce años en la oposición, que han forzado al partido a buscar nuevos acomodos en el ajuste de su poder interno, con un perfil distinto del grupo que acaparó la vida política del país durante décadas.

Creado en 1929, el PRI gobernó México hasta el año 2000, administrando un país que llegó a ser calificado como la “dictadura perfecta” por el férreo control del poder y periódicas elecciones cuya limpieza era puesta en duda frecuentemente.

“Ese mundo ya desapareció (...). El país cambió y por ende el partido cambió”, dijo la investigadora en Ciencias Políticas Joy Langston Hawkes al analizar la evolución que ha tenido en estos doce años el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Cuando Enrique Peña Nieto asuma la Presidencia de México, llevará de nuevo al PRI al poder, pero el partido de entonces es muy distinto al de ahora, fundamentalmente porque el poder ya no está concentrado en pocas manos.

Si antaño desde Los Pinos el presidente de turno fijaba la línea del partido, el poder interno se reparte ahora entre los gobernadores de los estados gobernados por el PRI, los líderes parlamentarios y la propia estructura interna del grupo.

Ese proceso se ha cumplido en medio de una serie de asignaturas pendientes, dejadas después de doce años en la oposición, que no han servido para renovarse ideológicamente ni aprovechar las lecciones de los comicios perdidos.

“El PRI no aprovechó el único derecho o privilegio que te da el ser derrotado, y es el de revisarse a sí mismo. No lo hizo, no hay una autocrítica o un ejercicio de evaluación de por qué perdió en el 2000 o en el 2006”, dijo el analista Federico Berrueto.

En el plano ideológico, el PRI, según Langston, sigue manteniendo unos principios “sumamente vagos, cambiantes, variables”.

“Era vago hace treinta años y sigue siendo vago hoy en día”, sostiene Langston, profesora del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE).

“Al no haber emprendido una revisión ideológica, por su carácter de pragmático, está a la espera de que el gobernante le dicte la agenda”, dice, por su parte, Berrueto.

Pero la renovación en sus estructuras internas por lo menos ha roto el centralismo en las decisiones, creando nuevos centros de poder que rompen con un esquema centralista que rigió la vida del PRI durante décadas.

“Los escépticos difunden que los priistas retornaremos al pasado, como si tal cosa fuera posible; sin embargo, nosotros entendemos que es un tiempo de ruptura con el pasado y de apertura hacia el porvenir”, declaró recientemente el presidente del comité ejecutivo del PRI, Pedro Joaquín Coldwell.

En el PRI de ahora, los gobernadores de los estados y de las principales ciudades administrados por ese partido han pasado a tener “muchísimo peso porque tienen mucho dinero y muchísimos votos”, dice Langston.

Cuando hay competencia electoral, añade, “los que ganan votos tienen más poder”.

Según Berrueto, el PRI vive ahora en medio de tres inercias: la dirección centralista del partido, los líderes legislativos y el “PRI territorial” que representan los gobernadores y los alcaldes de los principales centros urbanos administrados por ese grupo.

“Lo que ha ocurrido en estos doce años, que tampoco se puede minimizar, es que (el PRI) ha aprendido a coexistir con esas tres inercias”, insiste.

Peña Nieto, ex gobernador del poderoso estado de México, en el centro del país, va a tener que aliarse con los gobernadores de los estados para asegurar su lealtad, y también va a requerir de la cohesión de los legisladores.

No era el caso del presidente Carlos Salinas (1988-1994), porque “él decidía a nombre de todos”, recuerda Berrueto, mientras que su sucesor, Ernesto Zedillo (1994-2000), “tenía una lealtad regateada”.

Unido a ello, el México que dejó de gobernar el PRI ha atravesado sus propios cambios, y la “dictadura perfecta” de antaño no se puede repetir por las propias transformaciones de la sociedad y de los otros órganos del Estado.

“México no es China”, sostiene Langston.