INMIGRACIÓN: Mujeres indocumentadas dieron su testimonio

OLGA ROJAS/LA PRENSA
Seis panelistas abordaron diferentes temas sobre mujeres indocumentadas.
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Traídas a los Estados Unidos cuando eran niñas, algunas mujeres compartieron fuertes testimonios de su vida como indocumentadas en este país, en un evento que organizó el Centro de Recursos de Mujeres de la Universidad Estatal de California, San Bernardino, conocida por su sigla CSUSB.

Sus palabras recalcaban en las expresiones de incredulidad de unas 40 personas, que estuvieron presentes en esa actividad realizada el miércoles 17 de octubre.

El profesor Enrique Murillo, director de LEAD, dio la bienvenida a este evento y mencionó que el asunto de la inmigración “no es un problema de mujeres, es un tema que nos afecta a todos”.

Tania Spencer, una joven egresada de esa casa de estudios quien nació en la ciudad de México, narró entre emotivas lágrimas su experiencia como indocumentada en esta nación, a la cual llegó cuando tenía seis años.

“No tengo recuerdos de esa etapa, estaba muy pequeña, pero fui aquí a la escuela”, dijo.

Mencionó que estando en la preparatoria asistió a una clase de cursos criminales y cuando le correspondió aplicar para la universidad fue aceptada porque tenía excelente calificaciones.

“Lo que no sabía era que no tenía el derecho de estar aquí y que no podía recibir ayuda financiera”.

Spencer comenzó así su calvario de trabajar sin documentos limpiando casas y en restaurantes de comida rápida.

“Trabajaba en cualquier lugar que me contrataran, nunca me quejé… aunque el pago era mínimo”, dijo.

Su meta era lograr pagar la matrícula universitaria, la cual aumentaba cada año.

“No podía hacer las cosas que otros estudiantes hacían porque yo era indocumentada. Cada trimestre mi familia y yo batallamos para pagar la universidad”, mencionó.

Con los años, Spencer se casó y tuvo una hija.

No conseguía trabajo en la carrera que había estudiado, así que aceptó trabajar en una tintorería de lavado al seco, donde por primera vez ganó $10 por hora.

Pero tuvo que dejar ese trabajo ante las amenazas de sus jefes, ya que al descubrir que estaba embarazada y al poder ser afectada por los químicos que usaba, la amenazaron con llamar a inmigración.

A Spencer le tocó dejar a esposo e hija aquí en los Estados Unidos para irse a México a regularizar su estatus, ya que se casó con un ciudadano y esa era una de las condiciones para obtener su legalización.

“Me fui a un México que no conocía, estuve con miembros de mi familia que en realidad yo no conocía, y no sabía por cuánto tiempo iba a estar allá. No sabía si volvería a ver mi hija otra vez”.

Confesó que aunque sabía hablar español no era lo suficientemente fluido, por lo que se burlaban de ella: “eres mexicana y no hablas español”, le decían.

Spencer simplemente no sabía cómo desenvolverse en el país donde nació porque su vida se había desarrollado en este lado. La consideraban una malcriada y consentida.

A los meses regresó. Su esposo no tenía trabajo y dijo: “Mi matrimonio no sobrevivió”.

Una vez más Spencer empezó otra vez de la nada, su madre la ayuda, en especial con el cuidado de su hija.

“Es difícil obtener un trabajo en esta economía, además no tengo experiencia para lo que estudié” mencionó, por lo que está considerando iniciar una maestría.

“Mi vida siempre ha estado llena de conflictos, pero nunca me he dejado desanimar”, dijo esta joven entre sollozos.

‘No pedí venir aquí’

Fátima Cristerna-Adame fue otra de las mujeres que también ofreció su testimonio como indocumentadas, y aunque trató de salpicar su plática con humor, en ocasiones se controló para no romper en llanto.

Relató que sus abuelos venían a los Estados Unidos a trabajar en temporadas, y luego regresaban con regalos y cuentos maravillosos de este país.

Por ejemplo, le decían que éste era un país tan rico que las calles estaban hechas de oro, que los edificios eran hermosos y que la gente tiraba a la basura algunos de los regalos que les daban.

“Recuerdo que una Navidad además de las naranjas y otras frutas, que eran nuestros regalos, mi abuela me dio lápices y clips de papel. Yo estaba admirada, nunca antes había visto uno”, dijo.

Cuando llegó aquí a casa de un tío en San Bernardino se preguntaba dónde estaban los edificios grandes. Ese día fueron a Disneylandia, cuyo panorama coincidía con las descripciones de sus abuelos.

“El abuelo se equivocó, las calles no son de oro, son de plata. Yo sé qué es plata, soy de México”, decía la pequeña Fátima.

La respuesta de su tío fue como su primera bofetada a la realidad: “Pinches chiquillos de rancho, esa son las vías del tren”.

“Yo fui transplantada en los Estados Unidos cuando tenía siete años”, dijo.

Al terminar su preparatoria aplicó y fue aceptada en UC Berkeley, de donde la llamaron porque creían que había olvidado colocar su número de seguro social.

Terminó estudiando en San Bernardino Community College, y para pagar sus estudios su madre vendía hasta chocolates.

“Tuve que hacer de niñera. Recuerdo que una señora de la tribu San Manuel me daba cien dólares por cuidar a sus hijos y me decía: ‘yo sé que todo ese dinero es para tu educación’. Yo sabía que la educación me iba a llevar donde yo quisiera”.

Con los años también se casó con un hombre de Texas, de quien dijo no podía lucir más mexicano, y ambos no tenían idea del proceso de inmigración que tenían que enfrentar.

“Tuve que irme a Juárez y ustedes saben todas las historias que se cuentan de la frontera… pues son ciertas”.

Ella comentó haber tenido la suerte de tener un esposo que no sólo esperó por ella un año, sino que una amiga la animó a escribir un blog sobre sus experiencias en México.

Hoy día, Cristerna-Adame trabaja en la Asociación de Escuelas Charter de California.

“Es una experiencia muy traumática. A mí no me preguntaron si quería venir aquí. Mucha gente me dice ¿pero por qué no te regresaste a México cuando cumpliste 18 años? Y mi respuesta es: ¿regresar a dónde? ¿a qué? ¿con quién? Mis amigos están aquí, yo crecí aquí… Soy un ser humano. Yo no pedí venir aquí. Déjenme vivir en paz”.